7.03.2008

PASEN Y VEAN



1.14.2008

Levitación

El ángel del Señor vino a mi, rescatándome de mi sopor. Me elevó lejos, hasta cruzar los espacios más allá del aire en sí.
Lleganmos a nuestras vastas tierras de cultivo, y a medida que descendemos, gritos de la fatalidad inminente se levantan del suelo. Mil, más, un millón de voces llenas de miedo. Entonces el terror se apoderó de mi.

Le rogué: “¿Angel de Dios, qué son estos gritos de tortura?”

Entoces resondió: "Estos son los gritos de las zanahorias, ¡los gritos de las zanahorias! Verá, Reverendo, mañana es día de cosecha, para ellas, el Holocausto".

Y me libró de ese sueño, empapado en sudor, como lágrimas de un millón de hermanos aterrorizados.Y solté un potente rugido:

"¡Escúchame Señor, he visto la luz!
¡Ellas tienen conciencia, tienen vida, tienen un alma!
¡Diablos! ¡Deja que los conejos usen anteojos!
¡Salva a nuestros hermanos! "

¡Denme un amén¡ ¡Denme un aleluya!

Gracias Jesús.

Disgustipático

Ya era de día cuando despertaste en tu zanja. Miraste al cielo, hizo que el azul fuera tu color. Tenías tu cuchillo a mano, al pararte sentiste la mugre en tus ropas, tus manos pegajosas las limpiaste sobre el pasto, entonces tu color era el verde.

-“Oh Dios ¿Por qué todo tiene que cambiar asi?”

De nuevo estabas nervioso, la cabeza te dolía y sentiste que sonaba al levantarte, pero estaba casi vacía. Siempre dolió cuando despertabas así.

Arrastrándote saliste de la zanja, llegaste al el sendero y comenzaste a caminar, esperando que el resto de tu mente te acompañara. Ahora ves el auto a lo lejos, caminaste hacia él.

- “Si Dos es nuestro Padre”, pensaste. “Entonces Satanás debe ser nuestro primo ¿Cómo es que nadie más entiende estas cosas tan importantes?”

Al llegar al auto intentaste con todas las puertas, todas cerradas. Era un auto rojo y nuevo. Sobre el asiento yacía un costoso estuche de cuero.
A lo lejos se veían dos pequeñas personas, viniendo hacia ti, caminaste hacia ellos. Ahora tu color era el rojo y, por supuesto, esas personitas eran tuyas también.

11.22.2007

CRISTOGEDIA: SEXTA ENTREGA

Un pote de tinta negra y algunas hojas de papel desparramadas, entre un banderín de River Plate, sobresalían en una pequeña mesa que estorbaba la entrada a la torre donde Caupolicán Villalobo descansaba sobre un pequeño colchón de agua tan a gusto como un niño en el regazo de su madre.
-Quizás entre estas cosas encontremos algún mapa del reino que nos guíe hacia el palacio real –dijo susurrando Sir Croce mientras el guardián daba ronquidos a lo bestia.
-Entre los papeles encontré éste que parece ser un mapa, un plano o algo semejante; y también algunos versos –acercándole Hernán El Grande unos pergaminos amarillentos a Sir Croce.
-Mmm... –recitando Sir Croce- “Yo soy candela, soy una llamará’ que cuando siento el ritmo mi cuerpo quiere más... Yo soy candela...la la la.
-Parece ser un soneto al baile del fuego, aunque el estilo es un poco tropical. –acotó Hernán El Grande.
-¿Y este corazón dibujado con un laberinto interior. ¿Será algo personal, una trampa, quizás?, ¿o estaremos en presencia de un mapa militar del reino? –dudó Sir Croce.
- Aquí hay algo más –mientras revolvía en un cajón advirtió Hernán El Grande-. Parece ser una carta... una carta dirigida, creo, a su propio corazón, de puño y letra del guardián que ronca.
Los belverianos se amontonaron intrigados, descansaron sus armas y sentados en un rincón del cuarto Hernán El Grande dio lectura de lo siguiente:
“A mi corazón, que es el corazón de muchos que quisiera vivan en mí”.
Te pido, incansable atleta, refugio callado de mis temores, que no dejes de sonar en mi pecho tu ritmo de cueca norteña hasta ver mis manos ampolladas de vida vivida.
Tú, guerrero que hoy sufre su tristeza día y noche detrás de una muralla que de a poco te invade con su cemento, deja caer al suelo escudo y espada, que representan tu absurdo, y abre tu ventana al mundo con las manos limpias de acero.
Debes comprender, si aún no se ha marchitado tu sensatez, que no se puede vivir la vida cuidando un empate. En el momento menos esperado será breve la sentencia que dibuje tu final y estaré allí contigo para comenzar a ser parte de la nada.
Ojalá se ablanden tus paredes y al fin tenga forma de mujer tu verdugo.
Caupolicán

Surgieron suspiros y también un beso en la frente de una belveriana para Caupolicán que despertó y rápido quiso echar mano a su espada, pero fue sofocado su intento por dos o tres soldados.
Un poco más calmo y al notar que los belverianos se habían conmovido con aquellas palabras escritas por él, Caupolicán decidió ampliar sus sinsabores.
-Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad, guardaba todos mis sueños...
-Creo haber escuchado eso en alguna parte- interrumpió al guardián Hernán El Grande.
-¡No me interrumpan, carajo! -rezongó Caupolicán al verse descubierto su plagio y prosiguió-. Este reino, nuestro reino de Cristogedia, está maldito de amor y yo no soy una excepción. Aquella vez, algo así como un día de abril a finales de noviembre, cayó un meleficio sobre mí luego de deshonrar al Jinete Aventurero que decía pertenecer a la quebrada donde sol y luna se confunden en un abrazo bailando un carnavalito una vez al día.
-Este lugar está lleno de locos. Piquemos –arengó el Hombre Numismática-.
-Shhh – intervino Sir Croce- Sigue, por favor. ¿Sabes el nombre de ese jinete? Tal vez él sepa dónde se halla Birrabob –mirando a sus colegas.
-No. Sobre sus hombros viste una capa albiceleste. Rumores dicen que se trataría del Loco Kiko Jelius, uno de los protegidos del Trío Paciencia, que habita en los submundos del reino.
-¿Y qué estará sugiriendo un desertor del reino que se aparece en la superficie y aplica tan cruel castigo a un guardián? –Se preguntó Sir Croce.
-No lo sé. Temo una invasión del poderoso Trío Paciencia... –dijo en tono intimista Caupolicán Villalobo, prefiriendo callar algún motivo de venganza de parte del Loco Kiko Jelius.
-Quiero más detalles.
-Monta una mula de tres orejas que rebuzna un ¡ja ja ja! a modo de burla. Creo que es clonada. La mula habla mandarín y él algo parecido, porque se le entiende bastante poco. Vino en un conteiner de China entre medio de quinientos mil paraguas; la mula, él no sé.
-¿Paraguas? – preguntaron a coro los de Belverius-.
-Sí, acá llueve mucho. Cuando no cae lluvia... ¡caen giles como ustedes!
Brincó Caupolicán entre los presentes; dio un giro completo en el aire abrazando ambas rodillas con los brazos y ubicando su cabeza al frente, y luego, soltándose las piernas, arqueó su cuerpo en dirección opuesta al impulso, como desafiando las leyes físicas de un objeto lanzado al espacio con una fuerza X desde un punto A hacia otro punto B, para dirigir ahora sus movimientos hacia un punto V (la ventana de la torre) en un intento acrobático de fuga. Pero aquella salida se hallaba cerrada (en el reino de Cristogedia los domingos no hay nada abierto, incluyendo la ventanas).
Luego de chocar contra los cristales, gruesos cristales, cayó malherido el guardián al suelo y en ese momento un viento frío y seco brotó desde el piso endureciendo por completo el cuerpo de Caupolicán. Se metamorfoseó en roca a los pocos instantes y quedó tan inmóvil como si lo que estuviese tendido en el cuarto fuese una estatua de piedra en vez de un hombre.
Sin salir de su asombro los presentes, fueron testigos de una última escena. Luces pequeñas y azules con formas de corchea y semifusas despidió el cuerpo del guardián una vez que el feroz viento paró su soplido. Esparcidas por el aire, aquellas notas fueron de a una atravesando las paredes y se despidieron mientras a lo lejos apenas se escuchaba algo así: “Corazón, qué le has hecho a mi corazón/corazón, luna llena, canción de amor...”
-Definitivamente es un hombre musical. Le gusta Dyango, como a todos los poetas de corazones ajados -agregó un Sir Croce conmovido.
Los belverianos se cruzaron en las miradas y silenciosamente comenzaron a comprender que aquel maleficio había terminado de cerrar su puño sobre nuestro Caupolicán. La carta encontrada en el cajón empezaba a tener sentido y el reino invadido mostraba sus primeros misteriosos matices a los visitantes.
-Aun siendo nuestro enemigo no podemos abandonarlo- Apuntó Sir Croce-. No se deja solo a un corazón de piedra que acuna en su interior sueños de picaflor.
-Aunque poesía barata, bien dicho, guerrero sentimental. Además de buscar a Birrabob debemos encontrar al Jinete Aventurero de capa albiceleste y hallar el remedio que destierre el maleficio de este malaventurado muchacho –Sentenció Hernán El Grande.
La seriedad de aquellos rostros parecía casi hermosa. La sombra de una tarde que se iba cielo abajo templó de calma los espíritus belverianos que esperaban la hora de la cena para saber la suerte corrida por la Turquita y así decidir los próximos pasos.

Continuará

9.21.2007

Cristogedia: QUINTA ENTREGA

En poco más de tres horas de camino de tierra nuestros valientes belverianos, el Almirante Zamudius y su loro Cayo Crispo arribaron a las márgenes del reino cristogedio.
Un gran río de aguas aparentemente mansas circundaba las posesiones cristogedias y tras él se erigían gruesas murallas tan altas como las esperanzas de un buscador de amores en septiembre. Un muro levantado sin arrebatos bloque por bloque y en cada uno de ellos una ilusión maltratada, un amor derrotado, una lágrima que en algún tiempo fue beso cálido, un muro de lamentos y pasiones hechas piedra. Un triste muro, como todos en la historia, símbolo de lo que es capaz de construir desde el dolor un rey que buscaba amurallar y también enmudecer su corazón.
Por otro lado los cielos del reino, no menos custodiados, habrían su llagas con cuatro amenazantes arpías tan flacas como feas. Sin embargo, el mayor obstáculo parecía tener formas más armoniosas, encarnadas en las figuras de los guardianes más rudos que la épica occidental haya podido imaginar: el Querubín Ciani y Caupolicán Villalobo. ¿Sus puntos débiles? Una incógnita tan indescifrable como el mismo cosmos. Pero los belverianos apostaron a los infinitos encantos de la Turquita de Belverius para vulnerar tan ajustada seguridad.
Mientras todos y cada uno de los belverianos se tapaban sus ojos, la Turquita cruzó a nado el extenso río y fue a dar a las altas puertas del cinturón de rocas.
-¿Quién toca las puertas del reino un domingo? –preguntó el Querubín Ciani al tiempo que pergeniaba actividades para los próximos encuentros olímpicos-.
-¡Estoy perdida! ¡Estoy sola...! Necesito ayuda. Abra la puerta, por favor –rogó la Turquita con su dulce voz en Si Menor-.
Al escuchar las súplicas, el Querubín Ciani quedó paralizado y cayó en un profundo recuerdo que lo llevó a su gran amor olímpico.
¿Cómo había ingresado el gran guardián del reino al maravilloso mundo del amor?

Se dice que cumpliendo con funciones organizativas y de estadística, el guardián observaba una prueba de natación con obstáculos (los obstáculos eran pececitos que hacían cosquillas) desarrollada en el Río Manso Dirtyus en tiempos del emperador Inocente García.
Mientras contaba una mañana la cantidad de participantes y apuntaba talla y peso aproximados de cada uno, fijó sus ojos profundos en la figura angelical de una atleta, la afamada Bardachius.
Pareció nuestro héroe encontrar allí, en aquel diminuto traje de baño, no tan solo un trofeo para colgar en su canilla de la ducha, sino también a la futura dueña de sus alivios. Lo cual no es poco y no fue poca la pasión que entre ellos maduró como un damasco en diciembre. Aquel amor se hizo centro de su vida desatendiendo así sus labores de funcionario deportivo, lo que resultó fatal para su carrera. Fue expulsado al submundo del Trío Paciencia, solo, lejos de su amada. Cumplió allí tareas más bien relacionadas con la creación de una nueva actividad deportiva, logrando concebir en algunos meses una disciplina que contaba con una pelota, cinco tipos enfrentados a otros cinco, dos cestos pequeños en los extremos medios de un rectángulo y el absurdo propósito final de embocar manualmente esa pelota en los cestos. Una porquería.
Pero en un intento de rebelión del trío contra el reino cristogedio, el Querubín Ciani se mantuvo fiel a su rey Cristóbulis y éste lo devolvió a la luz luego de tres años de ausencia.
De vuelta, su amada, sin desaprovechar la corta juventud, ya había repartido algunas prendas íntimas en otros hogares, e incluso en algunos bares. Desgraciadamente todo aquel amor tuvo un final inesperado. Ella cayó presa de la risa en uno de los obstáculos y se ahogó durante una competición preolímpica.
La vida no es igual cuando el amor queda en el cuerpo y los besos que hacen bien ya no están. El feo recuerdo de una lluvia de tierra cayendo sobre el cuerpo de su gran amor a punto de ser sepultado expulsó nuevamente a la realidad al Querubín Ciani.
-¿Quién grita como una loca del otro lado? –preguntó el guardián enfurecido en tan complejo momento.
-¡Soy una campesina extraviada! ¡Abra, señor! Tengo frío, estoy mojada y perdida. -respondió la Turquita dándole un toque sensual a su voz.
Se abrieron grandes sus ojos, sacó un peine negro, chiquito, le pasó la lengua a la palma de su mano derecha y alisó sus cabellos negros e iracundos el Querubín Ciani alistándose para el encuentro. Tiró fuertemente de una cuerda de lino entretejido y el crujido casi sufrido de las puertas espantó a las cuatro arpías apostadas en una de la torres de vigilancia.
Frente a frente se miraron fijo y en silencio por un instante. Las prendas mojadas de la Turquita apretaban su cuerpo trasluciendo sus formas bellas. Sus pechos frescos como frutas bajo el rocío, sus caderas talladas de sinfonías, sus cabellos negros tan suaves como un amanecer frente al océano... un bombón. Más tarde y entre amigos el Querubín Ciani la definió escuetamente: “Esa mujer se había robado todas las primaveras del mundo”.
-No han visto mis ojos campesina tan digna de ser princesa –disparó impresionado el guardián que parecía estar enternecido en cada músculo.
-No haga que me ruborice –cruzando una pierna sobre la otra y encongiendo los hombros la fatal Turquita-. ¿Tendrá usted una frazada que calme mi frío?
-Mis brazos son como rayos de sol y puedo darle calor hasta a un pingüino en Júpiter –entre poético y ridículo lanzó el Querubín Ciani-
-Usted es muy gracioso, buen hombre. Tiene ojos de niño y la voz de un padre honrado.
-Ya lo ha dicho usted, pimpollo silvestre. –piropo de poca monta del guardián e insistió- Soy un hombre con todas las edades y por ende me son propias la ternura de la niñez y la fortaleza y sabiduría de un adulto.
-¡Uaaau! Seguro su amada ha de ser la mujer más dichosa del reino...-Buscando alguna información que le sea útil sugirió la Turquita-.
-Soy viudo. –con los ojos inundados, respondió el guardián-.
-Ay, perdón. No quise ponerlo así, pero debe entender que la vida continúa. Incluso conozco una tierra donde hay otra vida una vez que se ha agotado la primera.
-No, dejémosla descansar entre los fantasmas que ahora la acompañan. Mi duelo está cumplido y ella sólo vive en el pasado. El tiempo hará lo suyo amontonándola en algún rincón junto a los juguetes de mi infancia, entre ellos una pelota que hoy sería de baloncesto, una disciplina creada por mí.
-Parece usted un hombre fuerte para cuestiones del amor. Imagino que no piensa rendirse. ¿Pienso bien? –dándole aliento no sin especular en sus planes dijo la Turquita.
-Tapado de noche mi corazón lo he guardado en el sótano de mi alma, como quien guarda en el cuarto del fondo retazos de algo que alguna vez fue útil.
-Cuesta creer que un hombre como usted, semejante en cada impresión a las figuras de arte griego, guarde su perfección en la oscuridad.
-Es usted muy generosa, pero parado aquí sin asistirla sólo contradigo sus cumplidos para conmigo. Pase que yo voy por una manta, mi capullo de alelí.
Pero mientras el guardián atendía a los requerimientos de la muchacha extraviada y con ello descuidaba, una vez más, sus obligaciones, los belverianos cruzaron sigilosos el río y ya planeaban el asalto a una de las torres donde Caupolicán Villalobo dormía un domingo más.

CONTINUARA

9.01.2007

Cristogedia: Cuarta entrega

Los instantes se sucedían y así pasaron siete días y sus noches y los de Belverius permanecían aún a la vera de la ruta sin conseguir que alguien los acercara a su destino. Sin comida ni bebida, rodeados de una estéril naturaleza, optaron de a poco por no hablar para ahorrar las escasas energías que mantenían con vida al grupo.
La mañana del octavo día presentó en el horizonte, repentina y cuidadosamente, pequeñas nubes de polvo que hacían muecas apenas por encima de las lomas desérticas. Al percatarse, todos los de Belverius dirigieron sus miradas hacia la tierra que se levantada como si un suave soplido la guiara directamente hacia ellos.
-¿Qué es eso?- Se adelantó Pelaius.
-No sé qué será, pero viene hacia nosotros por el camino y ya comienzo a vislumbrar a un hombre que asoma su torso desnudo a un costado conduciendo un artefacto azul eléctrico un tanto extraño -acotó con una voz sin saliba Sir Croce-.
-¿Un dios, o semidiós tal vez, un juglar galáctico, el armonioso cosmos esta vez sintetizado en un cuerpo inmortal y peludo?
-No lo creo. Una divinidad por más menor que sea no se conduce en semejante mamarracho. Se acerca, parémoslo, gran rey –aconsejó Sir Croce-.
Interrumpieron el camino algunos belverianos y bajo una nube espesa de polvo detuvo su marcha aquella nave terrestre. Lo primero que pudo verse con claridad fue un loro barranquero que yacía en lo más alto del vehículo, con ojos trasnochados, sobre una antena en forma de T al lado derecho superior del conductor. Su plumaje era de un color verde opaco, quizás de tanta tierra acumulada, y en su pico apretaba una cajita de fósforos de cuarenta unidades. Mientras observaban con curiosidad al loro se vio la alpargata izquierda del conductor apoyada sobre el camino y todos hicieron un paso hacia atrás midiendo la situación.
Bajó un hombre, sin apariencia de dios o semidiós ni juglar ni cósmico, por cierto. Era algo petiso, de barba discreta y ojos negros y enteros como la noche cerrada. Tosió con la fuerza de un trueno de verano, escupió lejos e inmediatamente sacó un cigarro del bolsillo trasero de su bermuda floreada y le pidió fuego al loro. Este delicadamente abrió la cajita con el pico y raspó frenéticamente un fósforo en su pata derecha y un llama surgió entre el polvo todavía sostenido en el aire. Acercó el cigarro el desconocido y pitó tan profundamente que todos creyeron sentir en sus cuerpos el ingreso grueso del humo.
- Almirante Zamudius -dijo una voz ronca a secas a modo de presentación y continuó- Él, mi lorito Cayo Crispo Salustio. Soy hombre de andar solo, no me gustan las multitudes y ustedes son multitud. Este es mi camino. Hagan el favor de despejarlo o mi compañero hará el trabajo.
- Rey de reyes soy –respondió adelantando sus pasos Pelaius- Tanto su vehículo como usted y el loro pertenecen a mi reino. Malas noticias para sus oídos, forastero. Tendrá que llevarnos camino arriba hasta que yo decida su destino.
- Debería usted preocuparse por salvar a estas mujeres que lo acompañan y no por mi destino; puede que la vaya mal. No incluyo en mis planes tener un rey a quien servir y gusto tanto de la guerra como del mate amargo. –dijo con autoridad y presto al pleito el almirante-.
- No se confunda con el sexo débil, hombre necio. Sé cómo cuidar a mis mujeres y entre ellas no sólo hay damas de fina alcurnia sino además albergo en mis filas desalmadas amazonas que harían con sus partes un puchero dominguero.
- Conozco de virtudes y misterios femeninos y entiendo que ellas odian el mal y también el puchero –respondió un tanto nervioso el almirante-.
- Pero el sexo femenino odia el mal no por injusto sino por feo –dijo con aires de filósofo el rey y prosiguió- Y usted es...
- ¡Eso ya lo dijo Kant! –interrumpió Sir Croce-.
- ¡Cállate, imbécil! ¡Yo no me meto con tu retorcido Freud! ¡Basta! Apresen a este hombre .¡Ahora!
El Almirante Zamudius giró su mirada hacia Cayo Crispo y éste le devolvió su complicidad con un mínimo aleteo. En un momento sólo quedó una aureola de polvo blanco en el aire, la cajita de fósforos cayo al suelo y despedido, tan veloz como artísticamente, subió hacia el celeste cielo el loro al grito de ¡viva Perón!
-¡Uh, no...! –exclamó Pelaius- Lo sabía, ya me lo habían advertido; es peronista como todo loro, pero además un posible enemigo montonero. ¡Saquen sus armas, soldados! ¡Apunten y disparen, carajo!
Pero la orden del monarca no fue acatada a la brevedad. Desconcertado Pelaius miró a sus espaldas y sus súbditos, tan poco avezados en conflictos y tan proclives a la distracción, fijaban sus ojos en la cajita de fósforos que llevaba estampada una publicidad de un hotel alojamiento. “Despertares”, decía en letra púrpura acompañada con un audaz trazo en su lomo que sostenía una figura de cuerpos y colores ardientes, quizá copiada del Kamasutra, quizá superadora con relación a la imaginación oriental, quizá resultado de una pintura personal del intrépido Almirante Zamudius que ya corría entre pajonales con las llaves del vehículo en una de sus manos.
-¡A sus puestos, cobardes! –gritaba furioso Pelaius- ¡Ustedes dos, Sir Croce y Hernán el Grande, atrapen al barbudo que se escapa!
La acción se volvía inminente y esta vez al grito de ¡Perón, Evita... la patria socialista! el loro se aprestaba a su primer ataque mientras dibujaba en el aire estrategias de vuelo propias de un águila asesina. Tomó más altura, ciñó sus alas pardas contra el cuerpo y en forma de tirabuzón descendió súbito hacia el grupo de hombres asustados que lo observaban desde la tierra. ¡Oh!... ahí viene, exclamaron los belverianos y apuntaron sus armas a Cayo Crispo en picada.
Un fusil prusiano, de gran precisión para la caza de ardillas inocentes, disparado por el Hombre Numismática, rozó con una de sus balas el pico del valiente peronista alado que al instante sacó su lengua en gesto de burla y replicó: “¡No tiren, radicales!”. Ante el caprichoso ataque aviar y luego de esa bala prusiana derrotada, la muchedumbre se dispersó desconcertada y quedó solo en el centro de la escena el poderoso rey Pelaius. El pájaro kamikaze atinaba a dar en la cabeza de su enemigo cuando, a metros de su objetivo, divisó un tatuaje en los hombros desnudos del rey amenazado que decía: “Aguante el Loro”. No pudo menos que conmoverse el ave asesina al leer aquella sentencia y desvió su vuelo mortal en muestra de piedad y arrepentimiento.
-¿Peronista pacifista? –retóricamente balbuceó el gran rey hincando sus rodillas en el suelo y extendiendo sus brazos abiertos hacia el avión animal.
-¡Hermano de la causa verde! –se dejó oír desde el cielo- Que haya paz entre colegas; ¡guerra a los sojeros matadores de cotorras! ¡Son todos oligarcas!
Finalmente volvió a posarse sobre la T dando por terminado su emprendimiento bélico. Silbó el loro a lo cual el Almirante Zamudius detuvo su huida entendiendo que todo había terminado y volvió al lugar sostenido en la confianza de su temible ave.
Se hizo la paz sin develar los belverianos que en realidad aquel tatuaje estaba dirigido al Club de Tabas Atlético Perejil, yuyo mortal para los loros pero irónicamente simbolizado en su escudo con el pájaro verde.
Depuestas las armas por ambos bandos, entonces, comenzaron a treparse todos y cada uno de los integrantes de Belverius al vehículo del almirante y su loro. El coche contaba con un asiento individual, el del conductor, de esos con un resorte en su centro inferior para hacer de los pozos sólo movimientos placenteros de lambada; al costado derecho un sofá color mostaza de cuatro cuerpos miraba hacia el interior y dejaba apreciar en su relieve ciertos dibujos de tradición folclórica mixturados con imágenes de lo que podríamos llamar “pornografía gauchesca”, casi primitiva. En el centro, una mesita giratoria triangular de arcilla china, moldeada a mano, y en cada extremo de la misma un dado con el número cinco en todos sus lados. Todo un misterio. Un banderín de Estudiantes de Buenos Aires colgado del espejo retrovisor junto a una bolsita de tela que contenía poleo y menta para aromatizar el ambiente daban el último toque particular de aquel vehículo que ya se encaminaba hacia Cristogedia, reino del malvado Cristóbulis.

Continuará

4.05.2007

CRISTOGEDIA: TERCERA ENTREGA



Caía una tarde más en el reino de Cristogedia y Cristóbulis, luego de atravesar en canoa el profundo Lago de los 40, se encontraba ya en el salón principal del Oráculo de Aime, salón pequeño pero acogedor, por cierto.
- He venido por noticias, Don Aime. Mi presencia aquí espera no interrumpir por mucho tiempo el incansable apareamiento que usted tiene ya casi como vicio con sus ardientes amantes y que desde luego...
- Por favor, Cristóbulis, -interrumpió secamente el Oráculo- evite sus acostumbrados prólogos, respete mi intimidad y exponga de una vez lo que desea saber.
- Temo la venganza de los Belverius por el cautiverio a que he sometido a Birrabob. Si bien se encuentra aún con vida, no creo que sobreviva mucho más en la Trampa de Eustaquio. Su muerte es mi deseo por haberme arrebatado el amor de Catalina Rivarola, pero sospecho que eso podría significar el fin de mi grandeza.
- Los dioses no entienden razones del corazón de los hombres, Cristóbulis. El amor no es para quien no sabe olvidar, y ustedes los hombres no cuentan con el alivio del olvido. Apenas si tienen valor para el combate y esa condición debe aprovecharse. La guerra es bella y entretiene a los amos de la creación. En tu alma no hay paz ni en la de tus enemigos. Aún los dioses no han decidido a quiénes favorecer en el conflicto que se avecina. Nada más puedo decir.
- Para los de mi reino, respetado Oráculo, la guerra es sólo una manera de tratar a una mujer. Por otro lado hay algo de cierto en que no poseemos la virtud del olvido, pero algunos conocemos el color de la amnesia y si no fuese por ella en mi caso hubiese ya perdido el sano juicio. En cuanto a lo que se avecina, la primera cobardía es la primer arruga de un pueblo. Prepararé entonces a mis servidores más audaces para defender el reino, pero también necesitaré de la gracia del Trío Paciencia que si bien estamos enfrentados por algunas cuestiones, ellos a veces suelen ser sensatos.
- Escucha Cristóbulis –dijo con voz tierna el Oráculo- No olvides que El Trío Paciencia siempre se adelanta a los hechos (entre ellos a eso le llaman primicia) y hoy sólo está abocado a una sola cuestión: la organización de un gran encuentro de fútbol donde el ganador del sublime cotejo elegirá al rey de ambos imperios y a partir de allí usarán todos el mismo color de camiseta, una que es muy parecida a la de Banfield.
- No entiendo. ¿Qué camiseta? ¿Qué es el fútbol? ¿Qué es Banfield? –preguntó frunciendo el ceño Cristóbulis.
- ¿Nunca escuchaste, rey de Cristogedia, hablar de Talleres?
- No, aunque me parece que en París alguien alguna vez lo nombró, y si no recuerdo mal lo hizo entre risas.
- Olvídalo. Te lo explicaré escuetamente. El fútbol, gran rey ignorante, es un juego misterioso, un fenómeno que no entiende razones pero despierta en los hombres instintos primitivos de amor de odio. Es una actividad casi sagrada que requiere destreza, imaginación, poesía, valentía. Son once soldados que luchan por batir a otros once. Los ganadores son más que héroes; los vencidos sólo conocen de miserias. Tu futuro y el de tu gente, tu gloria o tu triste fracaso dependerá próximamente de los caprichos de una pelota de cuero.
Aquí Cristóbulis pareció derrumbarse espiritualmente. Caminó desconcertado unos pasos y cayó de rodillas sobre el círculo turquesa de La Alfombra Dolida, lugar que en el Oráculo de Aime sólo está destinado a prácticas sadomasoquistas.
Fue rápido el giro que Don Aime improvisó observando con ojos profundos a la posible víctima de espaldas y a punto de recostarse; pero aún más veloz fue el instinto de castidad del rey de Cristogedia quien, seducido o no, nunca lo sabremos, brincó como una gomita tapando con ambas manos el centro de sus asentaderas e hizo un gesto de desaprobación al señor del Oráculo.
- No, no se confunda. Tampoco sabía de su bisexualidad...
- Hay más de dos sexos – lo interceptó Don Aime aún no vencido en su juego de seducción.
- El sexo es trivialidad, desorden; y no es a hablar de esto que he venido, gran Oráculo. Volvamos al punto que sigo sin comprender. No sé que es una pelota. Mi desesperación se acrecienta; comienza mi vista a nublarse y se hace difuso el porvenir. Desesperado estoy. ¿A quién recurro? Necesito una guía, por pequeña que sea.
- Puedes acudir al capitán del equipo de fútbol de Belverius, tu cautivo en la Trampa de Eustaquio, Birrabob, también conocido como El Tercer Adelantado. El puede colaborar si a cambio le ofreces algo –dijo mientras se reacomodaba sus pantalones bahianos Don Aime-.
Cristóbulis abordó de regreso su canoa meditabundo. De repente no entendía nada. Ignoraba las fuerzas de cambio que arrastraba ese juego e ignoraba también el juego en sí mismo.
Ya en su palacio y rodeado de sus tres gatas, el rey cristogedio aprovechó las últimas horas de luz para relajar sus pensamientos mientras bebía unas copas de coñac y se deleitaba con el Concierto Nº 19, en C mayor, de Wolfgang Amadeus Mozart.
CONTINUARA

2.28.2007

PARTE SEGUNDA: CRISTOGEDIA (una tragedia chaqueña)

El mundo no ha nacido a la luz luego de tanta sombra de espera sólo para que en él rieguen sus presumidos jardines los mortales. No ha decidido ser mundo este mundo para observar día a día cómo ancianos y niños lloran unos por conocer tanto del dolor y otros por no entenderlo. Tampoco estalló a la vida por un gesto de amor universal ni por casualidad, sino que el mundo ha sido parido desde la Nada y queriendo ser pudo ser para que generaciones tras generaciones hombres borrachos y mujeres atrevidas busquen y encuentren en él, el misterio que los depositó aquí. Desplegarán así a diestra y siniestra sus más audaces y también viles estrategias en procura de satisfacer sus absurdas existencias. En consecuencia se mezclarán unos con otros para amar y dañarse, quitar la vida y perdonarse, olvidar y nuevamente amar, hasta en un momento terminar de perder o ganar lo que nunca con certeza se tuvo, aniquilando en forma definitiva la sensación de una sostenida espera. Es ésta, entonces, una historia de búsqueda; un camino de mil huellas que quizá baje su velo para dejar descubrirse un poco antes del final de los días, nuestros días.
Algunos de nuestros personajes, sobre todo aquellos que no conocen el reino de Belverius o lo que es lo mismo, ignoran la existencia de Dany Show y con ello la posibilidad de más vida después de la muerte, no tendrán la ventaja en esta saga de equivocarse en el camino.
Y si esa búsqueda de un motivo que nos responda al menos una de tantas preguntas parece dirigirse hacia el interior de uno mismo, ¿para qué caminar tanto camino poniendo el cuerpo y la sangre a disposición de la Duda que se empecina en esperarnos en todas partes? Porque sabemos que el alma apenas guarda algunas pistas de quiénes somos, porque el valioso mundo interior no se halla dentro de nosotros, sino puede que esté escondido tras las paredes de alguna muralla, debajo de una piedra, en el centro de una flor, en el ángulo del córner de una cancha de fútbol, en el depósito de una fábrica de tutucas, en la cama de una mujer gorda y peluda (un amigo estuvo ahí y dijo que no encontró nada), entrelíneas de un comentario Racing-Independiente Rivadavia realizado por Potenza, en la música del celular de Ciani, detrás del escenario en la fiesta del trigo de Leones, dentro de una caja navideña, en la cabina del prehistórico jeep de Santacroce, en fin, puede estar enfrente de nosotros.
En todo esto andan perdidos nuestros personajes de papel y en ese desvarío nos acercan la presente historia, increíble y particular historia ya que en ella no encontraremos héroes que se destaquen por su valentía; por el contrario, cada uno a su manera ha tomado una simpática cobardía como filosofía que lo guíe y mediante ella buscan el lugar en este mundo que los ligue, los hermane con la vida, gesto extraño del universo.
La tardanza del regreso de Birrabob al reino ha puesto impaciente a los altos mandos de Belverius. Han pasado ya siete años y la prudente, prudentísima espera del Ibérico Pelaius ha llegado a su fin. A decir verdad fue Hernán el Grande, accionista mayoritario de Gloria Perdida, un club donde se practica algo parecido al fútbol pero que no es fútbol, decíamos que fue precisamente él quien tras una rueda de cervezas en Dany Show recordó los inolvidables pasos de baile que Birrabob desplegaba graciosamente al escuchar la canción “Si te agarro con otro te mato”. Rápidamente, de madrugada, se preparó una expedición al reino de Cristogedia para saber de la suerte del Tercer Adelantado.
Belverius siempre fue un reino poderoso, pero pequeño, y también salpicado de vicios. ¿Muchos habitantes? Qué sé yo; no más de veinte, veinticinco. El Sir Croche ofreció su jeep para el viaje, vehículo pertinente ya que Cristogedia se encuentra como a tres horas de camino de tierra. Otros apostaron al viaje en bondi, pero sabían que generalmente eso implicaba un viaje de ida y que una asamblea en punta de línea acabaría por arruinarlos. Finalmente se decidió en Consejo viajar a dedo, aún corriendo el riesgo de ser interceptados por un gracioso malviviente desertor de ambos reinos: Samudius. La comitiva partió pasadas las once, después de mucho comer y beber anticipándose a la falta de manjares que tan épica empresa demandaría. Parados a la entrada del reino dejamos a los de Belverius, bajo un cartel que reza:

BIENVENIDO A LA TIERRA DONDE LA VIDA ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE

Ahora nos asomamos al reino de Cristogedia para ver qué acontecía dentro de sus dominios.
Continuará